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viernes, 8 de abril de 2016

Hackear para ganar

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Se sospechaba. Se especulaba. Se advertía que Enrique Peña Nieto había recurrido a las peores prácticas para ganar la elección presidencial. Allí estaba Monex. Allí estaba Soriana. Allí estaba el financiamiento de fuentes poco claras. Pero ahora, años después, viene la confirmación, la constatación, la prueba proveniente de alguien que lo revela todo.
Enrique Peña Nieto, titular del Ejecutivo. Foto: Miguel Dimayuga
Enrique Peña Nieto, titular del Ejecutivo. Foto: Miguel Dimayuga
El estratega de campaña que confiesa a la revista Bloomberg lo que hizo para llevar a Peña Nieto a Los Pinos. Una historia de espionaje, de hackeo, de múltiples violaciones a la ley. Una historia que debería motivar investigaciones, comisiones, juicios y probablemente una destitución si México fuera una democracia funcional. Peña Nieto ha sido un presidente incompetente. Ahora parecería que es un presidente ilegítimo.
Ilegítimo por los instrumentos ilegales a los que recurrió para ganar. Descritos por el hackeador Andrés Sepúlveda, detalle tras detalle. Cómo la noche de la elección, el estratega en cuestión, sentado en su
departamento en Bogotá, a miles de kilómetros de México se puso a destruir evidencia. Destruyó discos duros, trituró documentos, borró información de servidores en Rusia y Ucrania, rentados anónimamente con bitcoins. Desmanteló la historia secreta de lo que él mismo reconoce como “una de las campañas más sucias en América Latina”. Encomendada por el PRI, financiada por el PRI, puesta en marcha por el PRI.
Con 600 mil dólares, el estratega se dedicó a robar planes de campaña, a espiar a los contrincantes, a manipular a las redes sociales para crear apoyo al candidato y atacar a sus adversarios. Nada nuevo para él, que durante años se había dedicado a eso. A espiar, a robar, a denostar, como parte de campañas presidenciales a lo largo del continente. A destruir reputaciones, a diseminar propaganda negra, a crear campañas de rumores, a interceptar llamadas, a hackear. En Nicaragua, en Panamá, en El Salvador, en Colombia, en Costa Rica, en Guatemala. Ahora encarcelado por el papel podrido que jugó en las elecciones colombianas de 2014. Vinculado con Juan José Rendón, conocido como el Karl Rove de América Latina; el estratega dispuesto a recurrir a las tácticas más temibles para propulsarse.
La revista cita a una fuente anónima –temerosa por su seguridad– que trabajó en la campaña de Peña Nieto, quien confirma el papel de Sepúlveda y Rendón. Lo que revela es la modernización del fraude, la innovación tecnológica del fraude. Ya no vía ratones locos o carruseles o urnas embarazadas, sino a través del hackeo, del software de espionaje, de la propagación de información falsa en las redes sociales. Un paquete de prácticas que ha llevado a Rendón a autodescribirse como el consultor político “mejor pagado, más temido, más atacado, más solicitado, más eficiente”. Eficiente en el arte de suprimir la votación en favor del contrincante. Eficiente al reconocer que la gente cree más en lo que percibe como “expresiones espontáneas” de gente común y corriente que en las opiniones de expertos y comunicólogos en la televisión.
De allí el poder de los bots, de los trolls, de los mensajes que Alejandra Lagunes manda todos los días desde Los Pinos. De allí la creación de trending topics falsos, fabricados de manera relativamente barata. Sepúlveda sabía cómo cambiar nombres, perfiles, fotografías y perfiles para armar un ejército de tuiteros en favor de Peña Nieto. Para así manipular el debate público, como una simple tabla de ajedrez. Él mismo lo reconoce: “Cuando me di cuenta que la gente cree más lo que dice el internet que la realidad, descubrí que tenía el poder para hacer que la gente creyera casi cualquier cosa”. Que los mexicanos creyeran que Peña Nieto era competente, capaz, inteligente, guapo, elegible, apoyado, popular.
Y que fueran manipulados para percibir de mala manera a sus principales contrincantes, Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador. Sepúlveda instaló malware para espiar a ambos. Para saber qué estrategia iban a seguir, qué discursos iban a pronunciar, a dónde iban a viajar. Para armar un torrente de tuiteros con el objetivo de apoyar las posturas de campaña de Peña Nieto. Para circular el rumor de que una victoria de López Obrador implicaría la devaluación del peso. Para programar computadoras y hacer llamadas a las 3 am en favor de Enrique Alfaro, y enojar a sus electores potenciales. Para crear cuentas falsas en Facebook de hombres gay que apoyaban al candidato del PAN en Tabasco y así alienar a su base. Todo financiado con bolsas de dinero en efectivo proporcionadas por el PRI.
Tan o más ilegal que Monex o Soriana. Tan o más aberrante que cuando la mayoría de los consejeros del entonces IFE –en un voto de 5 a 4– consideró que no hubo evidencia suficiente para establecer un financiamiento irregular cuando esos casos fueron investigados. ¿Cómo olvidar que para para justificar el financiamiento vía las tarjetas se valieran de “contratos” laborales que el PRI elaboró después de que salió a la luz el escándalo? Cómo olvidar que la mayoría del IFE considerara que era aceptable el método de financiamiento raro e ­inusual del PRI con la empresa Alkino, el cual justificó el partido aduciendo que le había pedido un préstamo? ¿Cómo olvidar que la mayoría del IFE no se pronunciara en contra de ese método de financiamiento, que ni siquiera fue reportado en su momento a la autoridad electoral? Allí quedó la huella de un comportamiento cuestionable, avalado por la autoridad electoral, al que ahora se suman acusaciones más graves aún. Allí quedó la tapadera de una trampa a la cual –con el reportaje de Bloomberg– se añada otra peor.
Y como en el caso de Monex y Soriana, el PRI lo niega todo. Niega la participación de Sepúlveda, niega la contratación de Rendón. Pero la multiplicidad de las mentiras priistas en los últimos tiempos no abona a la credibilidad del partido. El PRI está acostumbrado a hacer fraude y parecería que sigue con ese modus operandi, sólo de manera más sofisticada. Con tarjetas Monex y Soriana. Con espionaje y hackeo. Con las técnicas que ahora el contratado hace públicas, revelando cómo una elección puede ser ganada con habilidades especiales y extralegales. La política que no se ve. La política que no se basa en votos sino en bots. La política que no usa la persuasión democrática sino el sabotaje cibernético. La verdadera guerra sucia que debe ser investigada y aireada para saber si Peña Nieto ganó convenciendo o hackeando.
Fuente : Proceso.

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